jueves, diciembre 18, 2008

Voltear la almohada para obtener el lado frío

Una noche, soñé.
Fue un sueño muy importante.
Durante todo el día siguiente pensé en mi sueño, mi primer sueño importante.
Estaba tan emocionada que aquella segunda noche, cuando soñé, soñé que soñaba nuevamente mi sueño importante.
Fue tal el orgullo que llenó mi espíritu tras este asombroso hecho, que le conté a todos mis amigos (y también a los vecinos, los tenderos, el conductor del taxi, y cuanto humano quiso prestarme una pizca de atención.) aquella inesperada hazaña que jamás pensé que podría cumplir.
Aquella noche yo no soñé nada.
He deducido que el hecho de no haber soñado nada causó un vacío-anomalía en el mundo de los sueños, y los vacíos siempre deben ser compensados de alguna manera. Por esta razón, todas las personas que escucharon mi asombrosa hazaña soñaron cosas muy importantes.
La mañana que le siguió a esos sueños fue la más extraña de la que he tenido noticia.
Había gente que volaba, gente que caminaba en las cejas, un barrendero que era ahora gerente de una multinacional de aspiradoras digitales.
Nadie jamás había visto tal cosa. Era espectacular, y el gobierno y los periodistas vinieron a enterarse de lo que había ocurrido. Como no eran capaces de explicar nada, llamaron a neurólogos, psicólogos, sociólogos y cuantos logos pudieron encontrar.
Los logos tampoco pudieron hallarle una explicación concreta al asunto.
Sólo supieron que todo había comenzado con mi sueño importante y me sacaron en las noticias, pues era un sueño verdaderamente importante.
Todo el país conoció mi sueño y mi historia.
Esa noche tampoco soñé.
Y todo el país tuvo sueños importantísimos.
Me llegaron cartas de hombres culebra, de tres mil personas que ganaron la lotería. De cosas que ahora eran personas, de personas que ahora eran nubes. Todo soñado en una noche.
Al caer la noche ninguno de ellos soñó.
Sólo yo.